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Reflexiones para Crecimiento Espiritual

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Hoy determino que la paz de Dios llega a toda mi familia

  • Pra. Julissa Méndez
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Es lamentable escuchar día tras día a través de los medios de comunicación, y a nivel mundial, noticias sobre maltratos entre miembros de una misma familia: esposos que causan daño a sus esposas, padres que se tornan en contra de sus hijos, hijos que son irrespetuosos y rebeldes con sus padres e inclusive manifiestan violencia con ellos. Somos testigos también de la desintegración familiar, que trae como consecuencia hogares donde abunda la ira, las contiendas y la amargura. Al pensar en todo lo que acontece en el mundo, uno no puede dejar de preguntarse, ¿Por qué pasan estas cosas? O inclusive es posible que tú que estás leyendo este artículo te sientas identificado y te digas ti mismo: ¡Así es mi familia! o ¡Eso es exactamente lo que pasa en mi casa! Entonces presta atención que la siguiente reflexión es para ti y para mí.

Desafortunadamente, esta es una realidad que es vivida en todas partes, que nos afecta a todos de muchas maneras y, lo más preocupante es que el ser humano se ha vuelto cada vez más tolerante a este tipo de actitudes por considerar que son “cosas que pasan hasta en las mejores familias” o que son “inevitables”. Sin embargo, el hombre no está hecho para la guerra, está hecho para la paz. Y si no hay paz en el corazón, ¿Cómo puede haber paz en una familia, en una nación, en el mundo…? Es por ello que mantener la paz es una obligación primaria de todos, pero en especial de los padres, pues es en el hogar donde se aprende a vivir y construir la paz; es allí donde los padres tenemos la enorme responsabilidad de enseñar a nuestros hijos la manera de comportarse, de tratar a los demás y de resolver los problemas.

En la palabra de Dios, específicamente en el evangelio de Mateo capítulo 11, verso 29, el Señor Jesucristo nos enseña con su ejemplo diciendo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;”. Manso es la traducción para la palabra griega “praotes”, que describe a aquellas personas que aceptan los tratos de Dios como buenos, sin resistirlos ni discutirlos sin quejarse ni murmurar contra Él. Aquellos que ante los insultos o críticas permanecen en silencio o dan una respuesta suave; aquellos que permanecen serenos mientras otros pierden el control, aquellos cuya paciencia es admirable y se mantienen todo el tiempo dueños de sí mismos.  Sin embargo, en la actualidad parece que la mansedumbre es considerada una   señal de debilidad, porque el mundo enseña que la única forma de cumplir objetivos en la vida es a través de la violencia, de los gritos…

El que es manso y humilde de corazón encuentra la paz en otras personas y dentro de su mismo ser; ahora, si es muy difícil para nosotros ser mansos y humildes con las demás personas, es importante que entendamos que Dios es la fuente que nos puede llenar de su paz para siempre. No son los vicios, ni el dinero, ni las cosas materiales, no son los medicamentos, los deportes de relajación o las vacaciones, lo que te va a dar paz; la verdadera paz, que sobrepasa todo entendimiento, viene exclusivamente de Dios. El Señor Jesús nos entregó de su paz. La falta de Jesús en el corazón del ser humano es la causa de las guerras, la violencia y la maldad.

Hoy profetizo que Dios extiende su brazo de poder para quebrantar todo plan del enemigo que quiso robar la paz de nuestros hogares. Declaro que Dios gobierna en medio de nuestra familia, toda contienda, todo dolor, toda depresión emocional, intranquilidad y angustia se va en el nombre de Jesús y nuestro Dios viene para traer orden, llenar todo vacío. Mi hogar está completo en Dios. Isaías 32:18 dice: “Y mi pueblo habitará en morada de paz en habitaciones seguras, y en recreos de reposo” Que el Dios de Paz visite los hogares de todo aquel que le quiera recibir. ¡Animo en todo!