Las circunstancias, los problemas, las enfermedades, las preocupaciones y los quehaceres de la vida, tienen como objetivo alejarnos del propósito de Dios. Con astucia el enemigo hace lo que está a su alcance: te engaña, te confunde, te distrae, para que dejes de mirar tu meta como hombre o mujer, como esposo o esposa, como hijo o hija y como siervo o sierva de Dios. Si fijas tu mirada en todo lo que ocurre a tu alrededor, logrará alejarte de las bendiciones que Dios tiene para tu vida.

Existen circunstancias en nuestras vidas que Dios permite que sucedan para que cada uno de nosotros estemos atentos a oír Su voz. Usualmente escuchamos en el bus o en la calle a algunas personas, hermanos cristianos o a través de la radio, decir; “Sonríe Cristo Te Ama”, “Dios estará contigo”, “Dios te Bendiga”, quizás prestamos atención a esas palabras quizás no; todo va a depender de cómo se encuentra nuestro estado de ánimo en ese momento.

Lo primero que Dios puso en mi corazón antes de entender lo que significaba el servicio fue el hecho de comprender en el espíritu un fundamento básico: que todo trabajo por humilde, sencillo o insignificante que parezca, es un privilegio ante los ojos de Dios y que la humildad al servir, lejos de quitarte tu dignidad y rebajarte; más bien, te engrandece. Por lo tanto, resulta gratificante saber que con nuestro servicio agradamos al Señor.

Las excusas son argumentos terribles, y en la mayoría de los casos nos sirven de justificativo para asumir nuestra conducta negligente. Nos justificamos y excusamos cuando no cumplimos con nuestras obligaciones, nuestras responsabilidades, en fin, lo que se nos ha encomendado y si hay un ámbito de nuestra vida que no escapa de las excusas, es precisamente el espiritual ¿Cuántas excusas tenemos para compartir la Palabra, para servir a Dios?.